Nuevas tendencias en turismo: vamos despacio porque vamos lejos

Yo soy un viajero. Tú eres un turista. Tendemos a ver el problema siempre en el otro.

Tú, turista, interfieres en mi paseo, apareces en mis fotos, me niegas la tranquila observación del arte que me rodea, te conviertes en parte ineludible de mi experiencia, me guste o no. Tú, turista, masificas los lugares, banalizas la cultura, llenas el aire de un montón de “qué bonito” y de pasos rápidos que buscan ya el siguiente objetivo. Gracias a tí evito, porque para ello es necesario tiempo para la reflexión,caer enferma en las redes del síndrome de Stendhal, aquel viajero súbitamente sobrepasado ante la contemplación de tanta belleza, porque otras redes más perentorias me reclaman.

Observar tras un teleobjetivo, Captar, Subir, Compartir: el turista cumple cada uno de los mandamientos de la religión del nuevo milenio, el Dataismo. Generamos datos desprovistos de reflexión, mientras rendimos culto al Dataismo, compartiendo todas nuestras experiencias in situ instantáneamente ad aeternum.

Debido a estos relativamente nuevos comportamientos, he sido testigo de extrañas actitudes: selfilianos para los que, con el fin del autorretrato ineludible, el fondo de foto,  el verdadero protagonista visitado aparece en segundo, lejano  y casi irreal plano. No cuenta vivir la experiencia, sino reflejar que hemos estado.

selfies a toda velocidad por las calles de París ¿Qué fotografía el ciclista fotografiado?

He visto fotos cargadas de sonrisas en sitios que hay que visitar con respeto, incluso con lágrimas. Hablo de lugares formados en el dolor. Y he visto álbumes de viajes, en formato digital, of course, en el que el narcisismo humedece la pantalla y todo lago, mar o río  es convertido en un espejo que refleja únicamente al turista y el recorrido no es más que un autorretrato continuo, eso sí, rebosante de sonrisas que atestiguan que somos el turista más perfecto, el que más y mejor disfruta el viaje. ¿Tu también lo has visto? ¿Conoces algún maestro del postureo viajero?

Pero ahora se imponen nuevas reflexiones, un turismo más local, más sostenible y cercano.

Partamos de la premisa, parece que novedosa a pesar de la rotundidad de la afirmación, de que el turismo es el turista. Turista, por fin digámoslo alto y claro, entendido como un viajero, que descubre el mundo a través de las emociones  que vive y transforma en experiencias. Viajero al estilo de aquéllos que viajaban con el propósito en sus maletas y en sus espíritus de conocer el vasto mundo que les rodeaba y ampliar su visión.

Nos parece que en esta época de post-modernismo, el turista, manejado hasta ahora por el negocio turístico, del turista como cliente y el turismo como industria, vuelve a los orígenes de viajero y concede a toda dimensión de la cultura humana el potencial para convertirse en una forma de turismo. Así, el viajar vuelve a reclamar la voluntad innata por conocer la realidad local que visitamos y relacionarse con los habitantes. Ver y ser visto, actuar, participar del ambiente o integrarse en las actividades son acciones con formato colectivo o no, pero  que siempre generan experiencias individuales. Se trata de impregnarse de la atmósfera.

La tendencia es vivir las mismas experiencias que los ciudadanos locales.

 

 

Pero una de las actitudes negativas del turismo es la masificación. Tenemos que recurrir a las estadísticas y así vemos que si en 1996 viajaban 525 millones de personas, en 2016 fueron 1.235 millones. Esta democratización de la experiencia de viajar, en sí misma positiva, se convierte en parte del problema de viajar. Y se hace evidente la necesidad de apostar por ese nuevo turismo sostenible, pues como en todos los ámbitos de la vida humana sobre la tierra, el turismo será sostenible o no será.

Y es este anhelo de sostenibilidad, vista como necesidad y como tendencia, lo que nos lleva a redescubrirnos como viajeros, a conocer e implicarnos en las sociedades que visitamos. A respetar y desear conocer al ciudadano o lugareño que nos recibe en su hábitat.

Como turistas-viajeros, en esta línea de turismo local, queremos pasar desapercibidos y ser parte del destino que nos acoge, queremos experiencias más auténticas y genuinas. La gente que viaja busca algo más en sus viajes. De ahí el éxito de plataformas como Couchsurfing o Airbnb.

Nuestros viajes se transforman así en nuevas, sorprendentes y vitales narrativas de nosotros mismos. Vivimos distintas vidas en cada nuevo destino que escogemos. Y para ello podemos planificar el viaje “por nuestra cuenta“, o podemos dejar la puerta abierta a “lo que venga”, ir a la aventura, sin nada planificado. O también podemos recurrir a otras plataformas, como Turismo Vital, (turismovital.com) cuyo lema “Vive otras vidas” es definitorio y te facilitan  acercarte a quienes abren su vida y sus oficios para que lo compartas con ellos.O otra nueva iniciativa, llamada Ocio Vital, que también te acerca a esas nuevas experiencias, y viajas no sólo para añadir fotos de monumentos a tu colección, sino que puedes vivir como un local, comer fuera de las rutas turísticas, ver las auténticas realidades de los destinos, acudir a los conciertos o eventos deportivos en esas ciudades.Resultado de imagen de turismo slow

No es necesario aclarar que todas las formas de hacer turismo son lícitas, siempre practicadas desde el respeto a la comunidad que se visita, (desgraciadamente, demasiadas veces este respeto brilla por su ausencia, y contribuye a brotes de odio contra el turismo), y somos libres de optar por un viaje de inmersión en África, o tomar mojitos en la tumbona de un resort en el Caribe. Pero lo realmente decisivo en este turista-viajero practicante del turismo local del que hablamos, es la actitud  y curiosidad hacia el entorno que visita, y además, como actitud vital, lleva marcado a fuego en su adn que la maravilla aguarda en cualquier lugar y con cualquier gente, con la necesaria inquietud por descubrirla y el tiempo para observarlo.  Viajar a ritmo humano.

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Por fin re-descubrimos que vamos despacio porque vamos lejos en este largo viaje interior de nuestras vidas.

 

El viaje como metáfora de la superación humana.

 

¿Cuánto tiempo llevas con la misma rutina?  Todo parece seguir el mismo rumbo: casa, trabajo, amigos, gimnasio, después otra vez casa, trabajo y así todos los días. Esto muchas veces te hace sentir como si nada tuviese sentido. Estás en la zona de confort, pero una voz del interior grita ¨necesito algo más¨. Es ahí cuando tú despiertas e intentas averiguar qué es lo que ha pasado diferente en tu vida últimamente, y te das cuenta de que fuera de esa zona hay algo maravilloso por descubrir. Primero de todo descubrirte a ti mismo, disfrutando de nuevas experiencias, explorando nuevas culturas, gastronomías, masajes etc. Priorizarte a ti a veces, no significa ser egoísta, es necesario. Y la mejor forma de hacerlo es viajando, hacerlo de una manera que nadie interrumpa nuestra paz. Necesitamos salir y desconectar del mundo exterior, disfrutar solos, con un amig@, en pareja o con la familia, en un lugar lejano donde nada y nadie pueda molestar.

Un viaje a un entorno desconocido te lleva a otros límites, los choques culturales sirven para abrirse al mundo y ganar más confianza en ti mismo, nada y nadie tiene tanto poder a ayudar a uno a superarse, como el mundo infinito.

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Si te da igual lo que los doctores aconsejan, escucha a tu cuerpo y déjale descansar, llévale a una aventura de senderismo por la playa, la montaña, un bosque, un río lo que más te inspire. Ponte retos y ve a por ellos. Déjate llevar por las curiosidades de una nueva ciudad, piérdete por un pueblo, siéntate y admira la belleza de la naturaleza y si te gusta el shopping, ¿por qué no? 

Escucha tu voz interior y anímate a descubrir qué es lo que le hace falta a tu otro tu. Escoge una maleta pequeña, pon ahí solo lo indispensable y ¡empieza conquistar el mundo! 

Te acuerdas cuando pasaste un día sin horario, sin teléfono, sin televisión, sin estrés, que tengas el cuerpo relajado y que la mente no piense en nada?

 

Corina